Memories Look at Me

Fecha de publicación: noviembre 20, 2012
Comentario

27º FESTIVAL DE CINE DE MAR DEL PLATA. Confinada al departamento de sus padres, Song Fang registra conversaciones familiares en las que el pasado se abre camino.

Por nuestro enviado_______________________
Conversaciones y más conversaciones. Song Fang, directora y principal actriz de esta opera prima, debuta con un film intrigante pero gris, pálido, incompleto. Al correr los títulos de cabecera notamos el nombre del nuevo emblema del cine chino como productor ejecutivo: Jia Zhang-Ke. Y pensamos: debe ser prometedor y habrá que prestar mucha atención al montaje. Y, sin embargo, es justamente el montaje lo primero que falla en el film, no tanto en su linealidad desconectada sino la neutralidad del mismo, cuya ausencia de problematización le da enseguida un aire escolástico.
Pero no seamos malos. Porque en el fondo se trata de un buen experimento, cuyo punto de partida es la vuelta de una hija a visitar la casa de sus padres, lejos de Beijing, en la que entra en contacto con la alegría del reencuentro, la multitud de familiares que rodea el hogar; pero también el decaimiento y tristeza ajena. Todos le cuentan cosas, pero de ella no sabemos mucho: calla y deja hablar a los demás. Adentrándonos así en las situaciones cotidianas y demasiado universales (tal vez éste sea otro problema) que emergen de ese mundo de cerrados espacios domésticos. Conversaciones en las que de a poco descubriremos que ella es soltera y que esto último es una cuestión que la incomoda: no importa su sexualidad, sino el hecho de que todos la vean y tal vez sea un ser solitario. No es la ausencia de hombres en su vida, sino la ausencia de compañía. Por eso decide quedarse allí más tiempo, mientras almuerza con sus adorables padres, ayuda a la sobrina a hacer ejercicios o chismotea con la hermana. Pero entre su actitud casi neutra ante los eventos, brotan conversaciones sobre la enfermedad del tío abuelo, el pasado triste de sus antepasados maternos.
La pura concentración en los diálogos, sin elementos de tensión ni presencia de conflicto alguno (de hecho ambos son inexistentes, pero no importa que no los haya, y seguramente sea la idea) nos deja un horizonte que no termina de ser diario íntimo ni reflexión sobre ella misma (a lo Naomi Kawase), sino búsquedas, reducidas al mínimo indispensable, sobre el acto de hablar y de rememorar. O bien la construcción de diálogos de los que dependen las emociones efímeras, sin continuidad dramática.
La protagonista, hasta el final del film, queda en las sombras. “Quizás quisiera volver a vivir mi vida”, dice en un momento mirando perdida un punto en el horizonte detrás de un largo ventanal, añorando su pasado, o una etapa del mismo. Pero los recuerdos que extraña no se nos hacen saber  (y no importa que no se obtengan, y seguramente sea idea), así como se desconocen sus verdaderos deseos.
Interesante es, de repente, como pasamos a lo largo del film de conversaciones placenteras y ligeras a otras que se vuelvan más sombrías. Preocupaciones ajenas, enfermedades, muertes, remordimientos, desilusiones, emociones no canalizadas en fin, todas sin embargo habladas (o casi) con el mismo tono. “Debes vivir el presente” le dice la madre a la hija, pero cuando los diálogos toman un pliegue concreto ya volvemos a la charla banal (y otra vez, será la idea).
Técnicamente los largos planos secuencia en cámara fija, al propio estilo común en el cine independiente del extremo oriente, no terminan de reflejar su “poética” por la ausencia de trabajo con la imagen. Porque si la cámara misma es estática, los cuerpos, distribuidos a lo largo de interiores, recorriendo tareas hogareñas redoblan la apuesta quedando anclados como figuras por lo general asentadas al plano, en una perenne cotidianeidad reforzada.
Nebuloso presente y nebuloso recuerdo, entonces. Pocas las problematizaciones o emociones concretas. Pero no importa que no las haya, y seguramente sea la idea, aunque todos estos elementos juntos finalmente hacen confluir la película hacia un final insatisfactorio y fin a sí mismo. En este sentido, déjenme decirlo, es emblemático el último plano que cierra el film, con los padres que después de tantas conversaciones duermen profundos: cualquier paralelismo fácil con el público espectador es redundante.
Lorenzo Barone




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